Cuando Alan Johnston estuvo secuestrado por grupos integristas palestinos, toda la comunidad internacional, especialmente la periodística, prestaron toda su atención al caso. Los periodistas no quisieron mirar hacia otro lado cuando un compañero suyo se encontraba en una situación desesperada.

Sin embargo, ¿por qué no sabemos absolutamente nada de los dos periodistas de origen árabe que siguen secuestrados en Guantánamo por Estados Unidos? El caso es paradigmático de lo que sucede en la realidad. Un grupo islamista radical bombardea un edificio norteamericano: se trata de terrorismo. El ejercito estadounidense bombardea un edificio irakí o afgano (matando por supuesto a unos cuantos de civiles): se trata de legítima defensa.

El grupo palestino que secuestró a Johnston pensó que, al tratarse de un británico, debían considerarlo como un espía. Era alto absolutamente inaceptable. Pero es que los norteamericanos no tienen la menor acusación sólida contra los dos periodistas a los que mantienen encarcelados, de no ser porque son árabes y musulmanes. Y eso para los Estados Unidos quizás sea suficiente prueba en su contra. Uno de ellos trabajaba para Al-Jazeera, que ya sabemos todos que es lo mismo que Al-Qaeda, sólo porque se dedica a contar lo que sucede realmente y porque tienen tanta o más credibilidad que la CNN o cualquier otro medio norteamericano.