Si padezco una enfermedad crónica en estado terminal e irreversible, desearía que no alargaran innecesariamente mi vida. Respeto también a aquellos que mantienen una postura contraria, y por tanto no quiero decidir sobre sus vidas, de igual manera que espero que nadie se atreva a injerir en la mía.

Sin embargo, las cosas no funcionan así. Todos recordamos el caso de Ramón Sampedro (que padecía una tetraplejía). En Italia se ha producido la muerte de un enfermo que pedía la eutanasia y que acabó su vida tras una huelga de hambre y sed. Este hombre pedía que se le administrara un sedante y se le desconectara del respirador al que estaba conectado. El Estado italiano intervino para que no se consumara este caso de eutanasia. Italia es junto a España el país más católico de Europa. Quizás por eso el Estado se atreva a intervenir en cuestiones tan íntimas y personales como ésta. Sin embargo, aún no interviene para garantizar el derecho de todo ciudadano a tener un trabajo o una vivienda digna. Paradójico cuando menos.