Los israelíes deben estar frotándose las manos. Ya ni siquiera les toca hacer el trabajo sucio al que están acostumbrado: matar palestinos. Los propios palestinos se matan entre sí. La comunidad internacional lo ha conseguido: las organizaciones palestinas no son una amenaza para Israel porque se matan entre sí.

Y digo bien: la comunidad internacional es responsable. En las pasadas elecciones legislativas ganó Hamás con un amplio margen. Europeos, norteamericanos y demás países occidentales bloquearon las ayudas que llegaban a los palestinos, afirmando que no cederían hasta que Hamás estuviera fuera del Gobierno. Algunos palestinos, los fieles a la formación islamista, consideraron que se trata de un chantaje y que era su obligación resistir. Otros, afines a Al Fatah, creían que debían sacar del Gobierno a Hamás para no quedar condenados a la pobreza. Ese fue el chantaje internacional. Y ha conseguido su propósito, pues lejos de respetarse los principios democráticos, las facciones palestinas han iniciado una salvaje confrontación entre hermanos.

Hamás ganó las elecciones. Debe pues gobernar. Ese es el principio democrático que defiende Occidente. ¿O no? Sin embargo, cuando un resultado electoral no gusta, parece ser que se puede chantajear al pueblo. No es que Hamás haya salido del Gobierno. Más bien ha desapareciedo el Gobierno y Palestina se haya inmerso en un caos total. Formidable maniobra de los aliados de Israel que han conseguido una vez prestar un magnífico apoyo a este estado criminal.