Crisis entre Rusia y la UE
Parece que todo se debe a un asunto puntual entre Rusia y Polonia que amenaza con extenderse al resto de Europa. Pero cualquier observador avezado puede darse cuenta de que es parte de un problema mayor. Rusia sigue siendo un gigante, en lo demográfico, en lo político y en lo económico. Demográficamente tiene un peso brutal, pues hablamos de muchos millones de habitantes. Políticamente su importancia tampoco ha disminuido tanto desde la extinción de la URSS, puesto que mantiene con sus antaños satélites relaciones estrechas, a veces ciertamente conflictivas. Económicamente es uno de los países que más crece cada año y sus recursos energéticos son a día de hoy indispensables para Europa.
De hecho, el asunto energético es quizás la clave más importante, relegando este tema cárnico a un aspecto casi trivial. Hace unos meses, ante la situación de crisis de Ucrania, país por el que pugnan veladamente Rusia y la UE, motivó un primer encontronazo. El caso es que la UE, para mantener sus motores económicos bien engrasados, necesita que los antiguos satélites soviéticos (Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía,...) se integren en la Unión. A medio plazo la aspiración es que otros países, como Ucrania, también lo hagan. Rusia, por contra, para no perder peso político y económico aspira a mantener cierto control sobre estos estados. Ahí está el punto de fricción.
Si a esto unimos que los dirigentes polacos, pertenecientes a un partido ultracatólico y ultranacionalista, no son nada prudentes, la crisis está asegurada. Un tipo al que no conozco demasiado me dijo una vez que en Rusia se está preparando, de la mano del propio Putin, un nuevo tipo de fascismo. Le asistía en aquella afirmación una pequeña parte de razón. Los escasos escrúpulos del máximo dirigente del Kremlin son una amenaza real.
El conflicto aún no se avecina. Podemos estar tranquilos. Estallarán antes otras guerras. A esta aún le quedan muchos años para empezar. Ojalá me equivoque y nunca se produzca. Todavía es posible.

