Hoy aparece publicado en El País el texto del artículo inacabado de Anna Politkóvskaya. La periodista rusa, que allá en su país se había convertido en símbolo de la libertad de expresión, murió asesinada. Y hay teorías para todos los gustos. Hay quien señala a la mafia o quien culpa al propio gobierno ruso. ¡Cómo si fueran cosas distintas!
Cayó la Unión Soviética, que quizás fuera un régimen que había dejado atrás, hacía mucho tiempo, la causa del proletariado. Pero nació algo peor. Primero llegó aquel borrachuzo, Boris Yeltsin, que para Occidente era poco menos que un héroe. Cuando uno lee detenidamente acerca de cuáles fueron sus aportaciones a la política rusa, se da cuenta de que es un tipo de la peor calaña. ¿Y qué decir de Putin? Pues lo mismo. O peor incluso. ¿Qué se puede esperar de alguien que perteneció a los servicios secretos soviéticos a la hora de dirigir un país? Pues se pueden imaginar escenas como una mafia que controla el país, matanzas constantes en Chechenia, el secuestro de Beslán, jubilados que prácticamente mueren de hambre y frío,...
Pero a nosotros, a Occidente, Putin nos viene bien. De una u otra forma frena las aspiraciones del Partido Comunista. Poco nos importa que para ello amañe las elecciones. Putin representa también la lucha contra el terrorismo, ese nuevo axioma de la política internacional, y nos da igual que pisotee los derechos de los chechenos. Y Putin representa la economía de libre mercado, algo que más que un axioma, es un mandamiento.


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