Es un deporte que a la mayoría de la gente que conozco o bien no le interesa, o incluso le abomina. Sin embargo, cualquiera diría que su práctica aumenta a un ritmo desbocado, por cuanto que por lo menos es desbocada la construcción de campos de golf. ¿O quizás no sea así? Más bien, en mi opinión, se trata de una exigua minaría cuando hablamos de los posibles usuarios de campos de golf. Una exigua minoría que, sin embargo, son una clientela deseada por todos. Tienen dinero, y están acostumbrados a que todos se plieguen a sus deseos.

Es sobre todo curioso como en determinadas comunidades dónde el agua escasea, elemento indispensable para regar estos campos, dónde su construcción ha experimentado un mayor auge. Destacan, por ejemplo, los complejos de la Costa del Sol y del Levante español. Son graciosas las quejas por la falta de agua de Campos cuando ésta se desperdicia a raudales en regar todos los campos de golf que han proliferado en la zona, por no hablar de la masiva construcción de residencias veraniegas y de ocio.

En cualquier lugar dónde se proyecte una obra urbanística de cierta importancia parece que la moda obliga a incluir en el proyecto un campo de golf. ¿Por qué no? Dirán los alcaldes y agentes inmobiliarios. Así atraeremos a un público selecto. Eso debieron pensar en Castilla y León, dónde en plena sierra protegida se habían proyectado unas cuantas viviendas y 4 campos de golf, como si aquel deporte tuviera el mayor de los arraigos en la zona. Afortunadamente la obra ha sido paralizada por la Justicia. Apunta El Pais que se trata de una sentencia pionera. Es decir, la mayoría de los jueces, si es que les llega el caso, optan por desoir las quejas de los vecinos y ecologistas que se indignan por estas obras de especulación.