
110 inmigrantes llegados en patera fueron detenidos ayer en las costas almerienses. Pueden poner vallas en Ceuta y Melilla, y sistemas de radar en el Estrecho, pero el hambre, igual que no entiende de fronteras, tampoco sabe nada de vallas y radares.
La cuestión de fondo es que en la vieja Europa existe la oportunidad de tener una vida mínimamente digna, cosa que en determinados lugares de África resulta del todo imposible. Lo que nosotros, ciudadanos de un país rico, deberíamos entender es que nuestra bonanza económica y nuestro nivel de vida sólo se mantiene a costa de que las personas que viven en otros lugares pasen apuros.
Los ciudadanos de Occidente lo primero que tenemos que hacer es operar un cambio en nuestras conciencias. A la persona que tiene un color distinto de piel, o que posee una cultura diferente a la nuestra, o que viene de un lugar lejano, hemos de considerarla igual a nosotros en todos los aspectos. Tenga o no tenga papeles, que viene a ser una cuestión circustancial. A la mierda con las fronteras, con las banderas y con las naciones. Somos personas, en primer lugar y ante todo.
La semana pasada leí una noticia escalofriante (ha vuelto a salir a la luz posteriormente). En Barbados habían encontrado una patera con los restos momificados de 11 subsaharianos. Se cree que habrían emprendido viaje a Canarias desde Senegal. Pero perdidos en el Océano Atlántico las corrientes acabaron por llevarlos hasta el mismísimo Caribe. Un extraño récord que tiene de fondo la tragedia humana en su grado más extremo. 11 personas que murieron de sed probablemente y cuyos restos acabaron momificados por efecto de la sal y el sol. Se cree que en la patera en cuestión viajaría un grupo aproximado de 50 personas cuyos cuerpos no se recuperaron. ¿Cuántos restos humanos yacerán en las profundidas del mar? ¿Cuántos de nuestros semejantes habrán perecido intentado buscar un futuro mejor?


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